Current Concerns
P.O. box 223
CH-8044 Zurich
+41-44-350 65 50

September 20, 2014
The monthly journal for independent thought, ethical standards and moral responsibility The international journal for independent thought, ethical standards, moral responsibility,
and for the promotion and respect of public international law, human rights and humanitarian law
Current Concerns  >  2008  >  No 1/2, 2008  >  ¿Qué necesitan los niños para ser fortalecidos para la vida? [printversion]

¿Qué necesitan los niños para ser fortalecidos para la vida?

por Renate Hänsel y Renate Dünki

A pesar de guerra y destrucción pensar en el futuro

En muchos países del mundo, los seres humanos sufren bajo los efectos de las guerras provocadas por las élites occidentales de poder, bajo la excusa de combatir el terrorismo. Empujados por el ansia de poder y de dinero, los propulsores de las guerras utilizan todos los medios para desestabilizar a los países que quieren explotar económica o estratégicamente para sus propios intereses. Tanto las infraestructuras y establecimientos culturales, como los hospitales y las viviendas de la población civil son destruídos sin piedad. El sufrimiento de las personas no les interesa a los aliados de la guerra: el país será contaminado por largo tiempo con las nuevas armas, cada vez más terribles, y los seres humanos invadidos por enfermedades y muerte. Todo está paralizado, no hay trabajo, ni una actividad constructiva para la población civil. Cada día se trata de la pura supervivencia. “Todo en estas guerras viola los principios del derecho internacional, la carta de la ONU y los derechos humanos. En Iraq, Afganistán, Libanón y Palestina, en el Cabo de África y en cualquier lugar donde el cartel de guerra global tenga pensado hacerlas estallar.” (ver Zeit-Fragen No. 30)
Los que más sufren son los niños. Junto con sus familiares, pierden sus raíces, viven bajo la amenaza constante de perder su vida, tienen que ver cómo todo a su alrededor es devastado o se ven obligados a huir de sus hogares. Hay casos en que se mata al padre o a la madre y los niños son separados de sus hermanos. Enfermedades, hambre y condiciones de vida infrahumanas en sus hogares destruídos o en campamentos repletos de refugiados en países ajenos, significan un constante martirio. Esos niños, que como en todo el mundo, son el futuro para sus padres y para su país, resultan gravemente afectados en el proceso general de aprendizaje y formación, necesario para su desarrollo mental y físico; no tienen ninguna oportunidad de tener una formación cultural o de aprender un oficio.
Esos niños tienen, al igual que todos los niños en el mundo, derecho a la paz, desarrollo y educación, también por el hecho de que dentro de algunos años deberán ser el soporte de la sociedad civil, reconstruir su país y, de la misma manera, brindar su aporte constructivo para el bien común. ¿Cómo van a estar en condiciones de hacerlo viviendo hoy bajo los estragos de la guerra, luchando sólo para poder sobrevivir? No puede ser que a esos niños se los abandone a su propia suerte. Seguramente los adultos van a hacer todo lo posible para protegerlos y darles esperanza. Pero cuando caen las bombas, ésto será dificilmente posible.
¿Qué tendrá que aprender la juventud de esos países – al igual que la juventud de todos los países – para ser fortalecidos en su desarrollo de manera tal, que en el futuro, puedan contribuir en su país a una pacífica y justa reconstrucción de la sociedad civil? Y ¿cómo podemos nosotros, en los países que todavía han quedado al resguardo de las guerras, y en los cuales podemos criar a nuestros hijos con tranquilidad, apoyar a esos adultos y niños para que no tengan que desesperar en su lucha diaria por la supervivencia, para poder proporcionarles una fundamentada esperanza en un futuro mejor?
Su país de origen deberá tener la posibilidad de decidir sobre su futuro libre e independientemente y ocupar su lugar en la comunidad internacional. La alimentación deberá ser provista a través de la propia producción. Las personas deben tener trabajo y la economía debe ser reconstruída de tal manera que todos puedan hacer su aporte de acuerdo a sus posibilidades. Deberá crearse un sistema legal que proteja a todos los ciudadanos.
Para ello son necesarias instrucción y educación con la cabeza, el corazón y la mano desde los primeros años, ya que en la familia y en el jardín de infantes se sientan las bases para que esa juventud pueda afrontar las exigencias de la vida en sus países de orígen, en solidario trabajo en común. Aquí es necesario que aprendan a:
• comunicarse con los demás a un mismo nivel,
• escuchar a los demás y compartir sus sentimentos,
• percibir los problemas a resolver y trabajar en común sobre posibles soluciones,
• realizar en común todo lo que se pueda y que cada uno brinde su aporte de acuerdo a sus posibilidades,
• reconocer las dificultades y reflexionar en común cómo poder superarlas,
• pedir ayuda a otros que puedan hacer lo que uno mismo no puede,
• dejarse guiar para solucionar los conflictos pacíficamente.
Nosotros, habitantes de los países del primer mundo, que toma parte en los crímenes de guerra, que los apoya o por lo menos tolera, tenemos también la responsabilidad de que los niños, en las regiones donde hay guerra, no sean abandonados en su desgracia. El Departamento Suizo para Desarrollo y Trabajo Conjunto (COSUDE) y muchas otras organizaciones, han asumido esa responsabilidad desde hace tiempo y han comenzado a apoyar, sobre una base de igualdad, al desarrollo de niños y jóvenes en países pobres. Cada uno que tome ese compromiso va a experimentar un enriquecimiento de su propia existencia.
El artículo a continuación brinda una manera de extender una mano de ayuda a personas que se ocupan de niños en zonas de conflictos y guerras, sean maestros de escuela o de jardín, tíos, padres, vecinos o asistentes profesionales, para hacerles llegar nuestros conocimientos y experiencias. Así podemos contribuir a una educación y desarrollo positivos, para que los niños, a pesar de la miseria diaria, puedan recibir una preparación elemental satisfactoria tanto espiritual como social.

La situación de los niños en zonas de conflictos y guerras

En todo el mundo los niños necesitan, para su desarrollo, apoyo, amor y conducción de los adultos. Cuando la pobreza y la guerra dominan, es mucho más difícil el realizar esta tarea de educación. Cuando faltan muchas cosas a las que tiene derecho cada persona como paz, respeto de su dignidad, un lugar protegido para vivir, suficiente alimento, trabajo, escuela, educación e instrucción, los niños están aún más supeditados a la protección y orientación de adultos responsables, así no están solos con su angustia y pueden ganar fortaleza.
Los adultos en las regiones afectadas por guerras y conflictos, deben realizar esa función pedagógica bajo difíciles condiciones. Por una parte, ellos pueden contar, para su trabajo, con las valiosas tradiciones en la vida familiar y comunitaria en el lugar – la unión en las familias y entre los vecinos en los pueblos, su ayuda mutua incondicionada, la responsabilidad que ya toman los más pequeños, la riqueza de sus tradiciones culturales, valores de los cuales los países occidentales podrían aprender mucho. Pero, cuando las bases de la existencia familiar han sido destruídas, cuando faltan los padres, hermanos, familiares, porque han tenido que huir o han sufrido un destino todavía peor, entonces otras personas tienen que reemplazar al padre o a la madre, darles cariño y protección y junto con ellos hacer frente a la vida diaria, a pesar del derrumbe del órden exterior y el constante peligro de muerte.
Es importante para su supervivencia que los niños puedan estar activos espiritual y físicamente, porque eso significa no resignarse frente a las condiciones adversas de vida, hacerles frente, lograr algo de órden y mejorar un poco la vida propia. Cuando se logra hacer ese trabajo junto con otros camaradas, ésto significa una experiencia duradera de solidaridad y unidad. De allí puede crecer también un sentimento de esperanza, fortaleza y coraje en medio de la mayor miseria. Samah Jabr, una psiquiatra que trabaja en un país ocupado desde hace décadas dice: “El hecho que nuestro país esté ocupado no significa que nosotros no seamos libres. Rechazamos la ocupación de nuestras mentes en la manera como podemos hacerle frente. Aprendemos a vivir a pesar de la ocupación y a no adaptarnos a ella. La resistencia contra la ocupación y la solidaridad nacional son muy importantes para nuestra salud mental. El ejercerlas nos protege de la depresión y la falta de esperanza.” (Samah Jabr, 28 de mayo de 2007)
Cada uno que tome a uno de esos niños va a tener un gran significado en las vidas de ellos, ya que así estos niños tienen una oportunidad de sentir confianza, dignidad y solidaridad, pueden aprender y fortalecerse a pesar de la calamidad a su alrededor. Nosotros, maestros de escuela y de jardín y psicólogos de Suiza, queremos dar una mano a nuestro prójimo y a nuestros colegas en los países que sufren y transmitirles nuestro conocimiento y nuestras experiencias pedagógicas en el trabajo con niños, en el jardín de infantes y en las escuelas. Esperamos que podamos así apoyarlos en su trabajo y nos alegramos de hacer un intercambio de nuestras experiencias.

¿Qué necesita el niño en el jardín de infantes?

El niño pequeño debe aprender todo lo que después necesitará saber, no sólo leer escribir y contar es importante, sino también cómo realizar una tarea, cómo trabajar conjuntamente en amistad y cómo resolver situaciones difíciles en la vida. Así fortalecido, el niño podrá más tarde ayudar a mejorar las condiciones de vida de su pueblo.
El niño aprende por imitación y siguiendo ejemplos, es decir, él observa cómo un adulto o un niño mayor hace algo, resuelve problemas, se comporta con el prójimo, enfrenta una dificultad. Cuando él se siente entre ellos aceptado, les tiene confianza y respeto, él piensa: “¡Así está bien! Yo también lo quiero hacer así como él”, y trata de seguir su ejemplo. El adulto lo apoya en sus tratativas, es decir, le muestra cómo algo funciona o no, y el niño sigue sus indicaciones y correcciones. Sólo cuando el niño está orientado de esta manera hacia el adulto, puede aprender de él. Cuando, por algún motivo, esa condición no se da en el niño, por ejemplo, porque su mente está ocupada con alguna otra cosa, el adulto debe primeramente lograrla.
El jardín de infantes o la escuela es el lugar donde los niños por primera vez aprenden regularmente y bajo conducción dentro de un grupo, fuera de la familia. Por eso, la maestra es además de la madre, el padre y otros miembros de la familia, la persona más importante para darle la seguridad y el apoyo que necesita. Sobre todo, en una situación insegura, desordenada e incluso peligrosa, ese vínculo es la base esencial para todo lo demás. La maestra le da apoyo y coraje para que aprenda de ella y además, para que pueda trabajar junto con sus camaradas.

Encontrarse a sí mismos y relacionarse con los demás

Cuando los niños a la mañana llegan a la escuela o al lugar donde se reúnen, tal vez hayan ya vivido algo traumatizante o terrible. Frecuentemente elaboran sus vivencias de una manera que nosotros, al principio, no entendemos. Algunos están abrumados y quietos, otros nerviosos e intranquilos. Su manera de superar una experiencia puede también, en ciertos casos, ser agresiva, con gritos, brutal, de la misma manera cómo la vivieron. Algunos reviven los conflictos que los han tocado profundamente. Tenemos que estar preparados para todas las variaciones y no rechazar por ello al niño. ¿Cómo pueden esos niños hoy ganar un poco de tranquilidad y de seguridad?
La maestra recibe a los niños a medida que van llegando y comienza con las pequeñas tareas que son necesarias (airear, limpiar, tal vez regar las plantas, etc) mientras habla con ellos. La maestra ya nota cómo se encuentran los niños: capta las señales que le indican si han vivido algo que los oprime o si sus pensamientos están ocupados con algo. Ella no les habla directamente, ya que la mayoría de los niños no van a poder relatar de inmediato lo que les ha sucedido. En cambio ella anima al niño: “Ven, tenemos que ordenar un poco para que después podamos sentarnos haciendo un círculo.” Cuando un niño duda porque está bajo el efecto de otras vivencias, lo anima otra vez especialmente: “Ven tú también, ¿no quieres ayudar a ordenar?, ¡te necesitamos! ¿Puedes abrir aquella ventana? ¿Puedes ayudarme por favor a limpiar este polvo?” Mientras realizan la tarea en común le pregunta como al pasar: “¿Llegaste bien hasta aquí? ¿Cómo están en tu casa?” Con sus preguntas y con toda su manera de comportarse le da a entender que ella supone cómo le va, y que ella escuchará con atención si él le quiere contar, pero que respeta si él no puede decir nada. Sus comentarios y consejos no son lo más importante en ese momento sino su actitud concentrada de escuchar. Mientras ella pone órden junto con el niño, éste tiene la posibilidad de abrirse y contar, o de tranquilizarse sin hablar, mientras realizan la tarea con calma. A los niños que siguen llegando se los integra uno a uno sin que la maestra descuide a los que ya están allí. Le pide a un niño que ya le ha ayudado y que está ya más sereno, de recibir a uno de los recién llegados: “Mira, alli viene Leyla. ¿Quieres mostrarle lo que estamos haciendo? Sería bueno. Ella podría ayudar también.” Así reúne a los niños, estableciendo un lazo emocional de unos a otros, a la vez que piensa en voz alta sobre las tareas a realizar. Mientras los niños piensan sobre lo que pregunta la maestra y hacen propuestas, se crea una relación entre ellos. Y así continúa con los que van llegando. Las buenas ideas se toman en cuenta y a los niños se los anima a realizarlas. Si se presentan dificultades, la maestra los ayuda animando a otros para que presten ayuda. Como con el tiempo todos han sido integrados, saben que han sido tomados en cuenta por la maestra y pueden participar en la tarea conjunta, los niños se tranquilizan y ganan en seguridad. Ya no se sienten solos, aún después de lo que les haya podido suceder anteriormente. A través de la tarea en común, se les crea la posibilidad, al márgen, de relatar lo que pueda oprimirlos.
Los otros niños escuchan lo que uno cuenta y toman parte: “A mi hermano le pasó lo mismo; ésto lo vi esta mañana también …”; “mi mamá tambien lo dijo …”

Comenzar juntos

Cuando ya han llegado todos los niños que en el día acuden a la escuela, la maestra puede invitarlos a formar un círculo y tomarse de las manos. Es muy importante el comenzar juntos. Cuando todos los niños se sienten individualmente tomados en cuenta y bienvenidos, la relación entre ellos debe fortalecerse a través de actividades comunes. Por eso, en nuestro jardín de infantes, comenzamos frecuentemente con una canción.
En Suiza hay una canción que se canta todas las mañanas en los jardines de infantes y tiene como finalidad que cada uno se sienta visto y tomado en cuenta y que una a los niños del grupo entre sí. El texto dice: “estamos sentados en círculo, si, ¡somos nosotros! Miren alrededor, ¿quién está aquí? ¡Tobi esta aquí y Mohammed está aquí … y todos juntos, somos nosotros!” Seguramente en todo el mundo hay una canción como ésta o semejante.
También un “juego de unión” puede ayudar a que los niños se sientan unidos con los otros, que dejen atrás lo que los oprime. En Suiza se juega de esta manera: la maestra toma un pedazo de madera en una mano y una piedra en la otra. Después sube un puño, lo baja, y sube el otro mientras dice: “es madera o es piedra, ¿qué será? Me pregunto, me pregunto ¿qué podrá ser?” El niño próximo a ella adivina cuál objeto – madera o piedra – está arriba. Si adivinó correctamente, toma la madera y la piedra en sus manos y va hacia otro niño del círculo y hace lo mismo. Así aprende a decir un verso, entra en contacto con los otros niños, es elegido por otros y participa de la satisfacción de adivinar.

Discutir los problemas y encontrar soluciones

¿Es posible para los niños venir a la escuela o al jardín de infantes? Es de imaginarse que en los países en guerra el camino a la escuela es con frecuencia inseguro, incluso peligroso. Tal vez han presenciado fuertes peleas o fueron atajados; tal vez alguien fue herido. Estuvimos pensando cómo podría buscarse, junto con los niños, una solución para este problema de tal manera que les preste apoyo a los niños, les haga sentir: Tenemos una dificultad, pero la discutimos entre nosotros, y cada uno aporta algo hasta que hayamos podido encontrarle una solución.
La maestra considera junto con los niños si esa mañana han venido todos los que pertenecen al grupo. Un niño dice tal vez: “Elan no está!” Ayer estuvo en la escuela, en el jardín de infantes. “Sabe alguno de ustedes porqué no está esta mañana?” pregunta la maestra. Los niños cuentan que Elan normalmente viene con su hermana mayor Damia, y que ellos, que viven cerca, siempre pueden venir con ellos. Hoy, pero, tuvieron que venir solos, porque Damia tuvo que visitar a una tía enferma en otra parte de la ciudad. Tal vez la madre de Elan lo mantuvo en su casa por temor. “Si, ¡en realidad es peligroso para ustedes!” dice la maestra y pregunta quién viene solo a la escuela. Algunos niños cuentan tal vez sobre situaciones críticas que han vivido en el camino a la escuela. A veces tienen que esperar largo tiempo hasta que pueden continuar el camino y por eso llegan tarde. “¿Cómo podemos hacer para que todos ustedes puedan venir seguros a la mañana?” pregunta la maestra. Un niño cuenta tal vez, que su hermano mayor a la mañana siempre está en su casa porque no tiene trabajo. “Él podría traernos”, dice otro niño. El hermano menor tal vez duda porque está inseguro si él aceptará cumplir con tal pedido. Pero otros niños le quieren preguntar al hermano al que conocen del entrenamiento de fútbol. La maestra discute con los niños, cómo podrían hablar con el hermano y pedirle ayuda.
La solución se buscará en conjunto. La maestra no toma la iniciativa sino que espera las propuestas espontáneas de los niños. Cada uno es escuchado con calma, mientras que ella hace una combinación entre las distintas propuestas de los niños: “¿Oyeron lo que dijo Semala? ¿quién podría ayudar? Los niños realizan una experiencia que los fortalece, al encontrar ellos mismos un camino para superar una dificultad: unirse, escuchar al otro con atención, ayudarse mutuamente.
Sería muy bueno si en ese jardín pudiera organizarse un servicio estable para acompañar a los niños al ir y volver de la escuela.

Entrar en actividad para mejorar la existencia

Con el tiempo, el jardín de infantes puede convertirse en un lugar donde se está protegido, se establecen nuevas relaciones con otros adultos, se aprende algo nuevo y viven amistades. La tarea de los adultos es establecer un lazo de amistad entre los niños mientras se realizan los trabajos en común. La amistad es un ancla que siempre sostiene. La amistad es siempre posible. Las amistades son una constante ayuda, despiertan una sensación de fortaleza y alegría. La amistad es una medicina que puede brindarse en todo momento, también cuando faltan muchas otras cosas. La amistad es lo único que se multiplica cuando yo se la entrego a otro. El crear relaciones de amistad es uno de los principales deberes de nosotros educadores y no sólo en tiempos difíciles.
Para que el jardín de infantes, nuestro lugar de aprendizaje y amistad, sea todavía más nuestro, donde podamos sentirnos bien, lo tenemos que arreglar para nosotros. Al arreglar, ordenar el espacio que nos rodea, comenzamos a ordenar y formar, paso a paso, nuestro nuevo ambiente. Para ello no es necesario mucho material. Nos arreglamos con lo que tenemos a disposición. Al pensar en común sobre qué sería conveniente, cómo hacer la limpieza, dónde colgar nuestros abrigos, dónde poder sentarnos para comer juntos, dónde ubicarnos para aprender juntos, comienza ese proceso de formación y comunicación entre nosotros adultos y los niños. Con ello también comenzamos a crear un lugar estable, seguro, que a los niños les transmita confianza. Una forma concreta de realizar ese trabajo podría ser:
“Díganme, niños, ¿qué podríamos cambiar aquí, en este cuarto, para que lo hagamos un poco más agradable? Al fin de cuentas queremos pasar el día aquí juntos, queremos aprender juntos. ¿Qué se les ocurre al respecto?” Amistosamente, la maestra recorre el círculo con una mirada interrogatoria de un niño hacia el otro.
El adulto nota que uno de los niños mira de una manera tal como si quisiera decir algo. El educador lo anima: “Si, ¿qué piensas tú? ¿qué se te ha ocurrido?”
Si el niño es capaz de entrar en el diálogo, pensamos inmediatamente con los demás qué opinan al respecto: ¿Cómo se podría realizar? ¿A quién le gustaría ayudar? ¿Qué más habría que hacer? Si los niños todavía son muy reservados, tímidos o temerosos, el educador hace una propuesta que los demás puedan desarrollar en conjunto: “Qué les parece si aquí primero hacemos un poco de limpieza y ponemos en su lugar todo lo que nos entorpece? ¿Qué es lo que primero necesitas al entrar? ¿Un lugar para poner los zapatos, un lugar donde tomar un vaso de agua y a la vez mirar quién está allí además? ¿Un lugar donde puedas descansar con tranquilidad? ¿Por dónde podemos empezar?” Primeramente hay que sacar la basura. Nos preguntamos dónde la podemos juntar y cómo la podemos desechar. Cada uno toma algo en sus manos y lo lleva a un lugar determinado cerca de la puerta. Todos ayudan. Los más grandes ayudan a los más pequeños. ¿Con qué podemos limpiar el polvo? ¿Adónde llevamos estas piedras? Un niño busca tal vez una solución y propone: “Las podemos amontonar.” Otro piensa más allá: “El padre de Ali construye un pequeño muro en su jardín de olivares, tal vez le puedan ser útiles. Él podría venir a buscarlas!”
Los próximos días podemos continuar sobre las bases de lo que ya se ha hecho. Alguien que trajo un escobillón que le dio su mamá, se hace responsable, junto con otro camarada, de la limpieza del piso. Otro ha traído con su padre una mesa vieja y se encarga ahora de mantenerla siempre limpia. Otros se encargan que la entrada o el pasillo estén ordenados para que se pueda circular.
Para saber quiénes son todos los que vienen con nosotros tenemos una lista. Un alumno puede encargarse de esa lista. Así sabemos quién no vino, quién falta hace dos días, a quién tal vez tendremos que buscar. Así entran en contacto niños que todavía no se conocen porque vienen de distintos barrios o de otros pueblos. Se crea una mayor responsabilidad por los demás y participación. Parte de nuestra estructuración es que las reglas que nos damos se escriban o se dibujen. De esta manera, serán comprensibles para aquellos que vengan después y éstos podrán entender cuáles son nuestros principios, qué pensamientos son importantes para nosotros.

Nuevas perspectivas

De esta manera se hizo un comienzo. Después podemos dedicarnos a lo que aún queremos mejorar y organizar. Por ejemplo, un lugar donde podamos jugar juntos al fútbol, un rincón donde descansar, donde se pueda dormir una siesta o un enfermo pueda recostarse. Tal vez haya un lugar en el patio en el que se pueda hacer una pequeña quinta, donde podamos sembrar nuestra propia lechuga o menta. Para realizar ésto, hay muchas cosas que deben pensarse y hay muchas otras que podemos emprender juntos. Ésto proporciona satisfacción y nos da la seguridad de no estar indefensos. Creamos una alternativa frente a las dificultades del mundo exterior.

¿Qué necesita el niño en la escuela?

Dos ejemplos de una escuela en Suiza

Los ejemplos siguientes tratan de cuestiones fundamentales como por ejemplo: “Cómo puede el educador animar a un niño inseguro” o “alentar el lado fuerte en el niño” las cuales se presentan en todo el mundo y pueden ser también transmisibles a situaciones difíciles.

A un niño le resulta difícil el comienzo en la escuela

En mi primera clase, como en todas las clases de la escuela donde trabajo, hay niños que provienen de muchos países diversos. Sus padres, en primera línea, están ocupados con la diaria existencia, tienen muchas preocupaciones, extrañan a sus familiares que podrían ayudarles en el cuidado de los niños. Frecuentemente, los niños tampoco tienen la tranquilidad necesaria para concentrarse en aprender, y necesitan la atención especial de la maestra.
Un niño de seis años de Serbia no puede hacerse casi entender, siendo que le gusta relatar. Le faltan las palabras adecuadas, así como la formación de las frases. No está acostumbrado a permanecer en un tema, quiere contar varias historias a la vez, sobre la abuela, sobre un camarada, etc. Muchas cosas en la clase las entiende sólo con la ayuda de imágenes, y por eso a veces no puede realmente participar. Se esfuerza tanto en seguir las lecciones que al mediodía ya está agotado. A pesar del apoyo que se le brinda, Marco no logra realmente participar y pierde cada vez más el enlace con la clase.
Una conversación con los padres de Marco trajo un cambio. Ellos tienen un restaurante y en general no pueden tomarse el tiempo para hablar con sus dos niños o incorporarlos a su trabajo y dejarlos ayudar. Cuando nosotras las maestras expresamos a los padres nuestro respeto por sus logros en un país extranjero, les dijimos que queríamos tener a su hijo en nuestra clase, pero también que Marco tiene dificultades en seguir las lecciones, el padre se puso muy nervioso; seguramente el éxito de los niños en la escuela es importante. Juntos pensamos cuál sería la aclaración del retraso de Marco en el aprendizaje. Las maestras dijimos estar convencidas que Marco tal vez no necesite mucho, pero que sería importante la ayuda de los padres. Éstos aceptaron nuestros argumentos porque se sintieron comprendidos en su situación y en sus deseos de lograr a través de su trabajo y con todas sus fuerzas que sus hijos tengan un buen futuro. Así aceptaron nuestra sugerencia de ocuparse diariamente más tiempo del hijo, a pesar de la carga de su trabajo. El padre se propuso preguntarle a su hijo regularmente qué había aprendido y llamar de vez en cuando a un colega para que venga al restaurante y repita con el niño los ejercicios de lectura y de matemáticas. A través de nuestra intervención y con el interés personal de los padres por Marco y por sus avances en el aprendizaje, logramos fortalecer las bases para aprender en la escuela. El niño ganó en seguridad y en pocas semanas aprendió a leer. Sus padres preguntan en la escuela sobre su hijo y le demuestran que se alegran por sus adelantos.
Nosotras las maestras nos alegramos con él, y hablamos en la clase cómo hace cada niño para lograr retener los vocablos y todas las palabras nuevas. Así tienen todos la posibilidad de hablar sobre sus experiencias y pueden ayudarse mutuamente en los pequeños escollos.

Un chico quiere ser grande

En la mitad del año escolar ingresó un chico de Líbano en mi primera clase. En su clase anterior Amir tenía problemas de concentración y había empezado a molestar en las lecciones.
Su madre lo acompañó hasta la nueva clase y me contó un poco sobre su familia. Amir es el más chico de los tres hijos y el único varón. El padre está enfermo, a veces debe guardar cama; la madre tiene un trabajo por un par de horas y se dedica por entero a las tareas para la familia. Amir se siente responsable por el bienestar de sus padres. A pesar de ser chico, también físicamente – es el más pequeño de la clase – tiene en su hogar mucha responsabilidad. Acompaña al padre enfermo para hacer las compras y trata de aliviar el peso que recae sobre su madre. En la escuela también quiere estar entre los grandes. A sus dos hermanas mayores les va bien en la escuela.
Amir también esperaba mucho de sí mismo, pero al comienzo en la escuela sus logros no eran suficientes. Tenía dificultad de distinguir entre sí las letras similares, y por eso cometía muchos errores al leer. Sus dedos eran todavía algo torpes y le resultaba difícil escribir. Su esperanza de estar pronto entre los primeros en la escuela no se cumplió y empezó a molestar a otros niños, a interrumpir con llamados y correr de un lado a otro.
Con el acuerdo de los padres pudo cambiar de clase y empezar nuevamente.
En la nueva clase, primeramente era retraído; después de un tiempo y a través de conversaciones con él, pude saber algo más sobre él y darme cuenta que él querría ser el mejor y el más rápido. Traté de apoyarlo en lo posible con ciertas tareas. Observándolo con detención, pude reconocer cuales operaciones matemáticas Amir entendía mejor. Las tomé en cuenta y le pedí que explicara a los otros alumnos cómo llegó a encontrar las soluciones.
El haber captado su situación emocional, la capacidad de la que disponía y el condescender a su orgullo y su deseo de participar en la clase como un grande, ayudaron a Amir a superar el fracaso de la primera mitad del año. Llegó a ser un buen alumno en matemáticas y para los otros niños un buen amigo que siempre ayudaba cuando alguien no había entendido algo.
El reconocimiento de los colegas y el éxito en esa materia ayudaron a Amir también a superar su aversión por la escritura. De las letras, al comienzo torpes, resultaron con el correr del año escolar palabras legibles y después pequeños textos.
Pude observar con satisfacción que Amir había ganado confianza y que conmigo se comportaba con amabilidad y respeto; la comprensión y la conducción para superar sus dificultades lo hicieron posible.
Hoy es un buen alumno en la clase siguiente, el camino hacia la escuela está logrado.    •